La cultura en el mundo antiguo

La conjunción de las culturas griega y romana generó corrientes filosóficas encarnadas en la sociedad de la época de los primeros apóstoles.

La cultura del mundo antiguo variaba según las clases sociales. A los esclavos, generalmente, les estaban cerradas todas las vías para instruirse; hombres cultos, caídos en esclavitud, solían servir en casa del amo como gramáticos o escritores. Incluso para la mayor parte de los hombres libres, pero humildes, era muy limitada la posibilidad de instruirse. Carentes de patrimonio, les faltaban medios económicos y comodidad práctica.
Los hijos de las familias ricas, por el contrario, cuidaban mucho su educación, que generalmente iban a perfeccionar en alguna gran ciudad, las más de las veces a Atenas, considerada siempre como la más adecuada, debido a sus recuerdos incomparables. En sus calles y plazas, donde un día resonaron las enseñanzas de Sócrates, se reu-nían en los primeros tiempos cristianos turbas de profesionales de la palabra y del sofisma; sin embargo, entre ellos tampoco faltaban personas que tuvieran serios conocimientos morales, como se desprende de varios testimonios que se remontan al siglo I de C.

Virtud, justicia, probidad

El ideal de un griego bien educado consistía en adquirir aquellas virtudes que se incluían en la noble fusión de la "virtud", la "justicia" y la "probidad".
El hombre probo dominaba sus instintos más bajos con gran justicia y prudente fuerza; en las relaciones con el prójimo quería observar las pres-cripciones dimanadas de los espíritus más nobles, los cuales respondían exactamente a los dictados de la propia naturaleza que resuenan en el corazón de todos los hombres. En cuanto a la divinidad, se consideraba prudente una actitud de respeto reverencial hacia sus misteriosos decretos, puesto que:
"Por mucho que afines la mirada,
mortal no veréis
que pueda escapar al destino,
si un Numen le impele.
(Sófocles, Edipo en Colonna, 274-177.)

Las vicisitudes de la vida, alegrías y dolores, alternados, constituían una férrea ley del tiempo inexorable y de una divinidad inescrutable. Tender hacia este ser, tratar de asimilarse a él por medio de la especulación filosófica había sido el sueño máximo de los filósofos, comenzando por Platón.

Autorredención

Se decía así que todo lo hacía el hombre, que se redime por sí mismo mediante su actividad espiritual: y en este proceso de autoapoteosis venía alguna ayuda de los dioses del Olimpo a reforzar el propósito de los humanos. Por el contrario, a semejante concepción filosófico-religiosa se oponían las liturgias de los "misterios", que prometían la participación en la felicidad de un dios preseleccionado: en tales liturgias la apor-tación humana quedaba reducida al mínimo, porque todo dependía del dios, que graciosamente concedía sus dones al iniciado.
Los filósofos más en boga en el mundo contemporáneo a los primeros apóstoles eran los epígonos de Zenón de Cittium y los de Epicuro. Tanto los primeros, esto es, los estoicos, como los segundos, eran perfectos materialistas: en el campo moral, todos se proponían igualmente alcanzar la perfecta impasividad que, sin embargo, se concebía diversamente: ambas escuelas admitían también un principio divino de diverso aspecto.

Estoicismo

EI dios de los estoicos, naturalmente material, era una especie de alma del mundo; pero un alma helada, que ni amaba ni era amada. Así afirmaban: Si tenemos razón, ¿acaso nosotros tenemos que hacer, en público o en privado, algo más que cantar himnos a la divinidad, alabarla y admirar sus dones? (Epicteto, Disertaciones, I, 16, 15 sigs.).
Encerrado en la materia, el estoico es pesimista por principio. Con la muerte, los elementos del hombre se disuelven, retornando al gran todo; el estoico, ignorante de lo que le espera en el más allá, acelera con el suicidio la propia disolución.
Los discípulos de Zenón tuvieron bastante fama, sobre todo entre los romanos, por su lado práctico. Los romanos, poco conmovidos por las especulaciones de Platón sobre las ideas eternas, demasiado vagas para
ellos, y poco sa-tisfechos con las consideraciones abstractas de Aristóteles sobre el acto puro, se sentían más bien dispuestos a resolver prácticamente el enigma de la vida.
La filosofía estoica se presentaba como medicina saludable para el alma, que debía ser liberada de todos sus males que le torturaban: de aquí el esfuerzo constante para alcanzar la impasividad, que eleva al sabio verdadero sobre los turbios azares de la vida, pero que es fruto de reiteradas victorias sobre las pasiones. Moral ésta que en teoría, parecía casi sublime, como las ideas eternas de Platón; pero que, llevada a la práctica, co-rría el riesgo de dejar tan insatisfecho como aquellas ideas.

Séneca y Cristo

No cabe duda que los sentimientos humanitarios del estoicismo contribuyeron ciertamente a mejorar un tanto la sociedad antigua, sobre todo mitigando las leyes sobre la esclavitud; pero examinada de cerca, toda la construcción estoica parece hoy un castillo levantado en el aire, o un códice de leyes que jamás ha sido promulgado. Al castillo le faltan los cimientos de Dios.
Muchas veces se ha acercado el estoicismo al cristianismo, sobre todo por el carácter cristiano que aparece en algunas páginas de Epicteto y de Séneca; incluso llegó a sospecharse una influencia directa, que habría sido ejercida por san Pablo sobre su contemporáneo Séneca. Pero quien no se detenga en las apariencias y busque el alma de las cosas hallará, bajo la semejanza exterior, una divergencia espiritual profundísima.

Epicuro

La otra corriente filosófica mejor representada en esos tiempos era el epicureísmo, difundido en el mundo romano, especialmente por la poesía filosófica de Lucrecio (muerto en 51 a. de C.). En la concepción epicúrea, suprimida del mundo toda causalidad trascendente, se reducía todo a la pura eventualidad; en moral se pedía una prudente moderación de las necesidades y una prudente búsqueda de los placeres con el fin de lograr evadirse del mal; esta era la meta suprema del hombre.
Para los epicureos no hay ninguna interferencia de los dioses con las cosas humanas, de las cuales, en efecto, no se preocupan; y el "miedo a los dioses" que se encontraba extendido entre los hombres de ese tiempo, era considerado como origen de males enormes y prueba de suma ignorancia.

Otras corrientes: orfismo y neo-pitagorismo

Existían claramente delimitadas otras construcciones del pensamiento culto de los tiempos antiguos, doctrinas que fueron profesadas por el orfismo y el neo-pitagorismo, que en definitiva tenían carácter más religioso que filosófico.
El primero se presentaba como una doctrina de salvación, una ascesis de inspiración dualista: prometía a sus adeptos una purificación progresiva, hasta liberar la partícula divina encerrada en el hombre. El mito órfico se concentraba en torno a Dionisio.
Del concepto de que en el hombre existen unidos los elementos dionisíaco y titánico, esto es, el bien y el mal, nace la moral órfica que tiende a liberar el elemento luminoso, divino, que cons-tituye el alma del tenebroso, titánico, que es el cuerpo, concebido como cárcel del alma.
El orfismo se difundió ampliamente en el mundo romano, y en los primeros siglos del cristia-nismo, especialmente en el IV, tuvo una amplia producción literaria.
También el neopitagorismo era una corriente filosofico-mística, que aspiraba a la unión con la divinidad. El héroe que mejor realizó esta unión fue en el siglo I de C., Apolonio de Tiana.
Parece que este personaje, Apolonio, vagó por casi todo el mundo predicando una moral austera, y realizando no pocos prodigios, de donde surge su apelativo de taumaturgo.
La conclusión del devenir del pensamiento humano arrojó, sin embargo, que ni el estoicismo, ni tampoco el neopitagorismo supieron llegar al concepto de un dios personal, redentor y sanador. Esta sería la extraordinaria tarea que el cristianismo llevaría a cabo a través de los siguientes 2000 años.


Lucrecio.



Séneca.



Epicuro.



Zenón de Cittium.


Epícteto


Escuela de Atenas.


Jacques-Louis David. La muerte de Sócrates.


Sócrates.



La fuerza del Espíritu

Homilía de S. S. Benedicto XVI, en la Celebración eucarística y Toma de posesión de la Cátedra Romana del Obispo de Roma.

Este día, en el que por primera vez puedo tomar posesión de la Cátedra del Obispo de Roma como sucesor de Pedro, es el día en el que en Italia la Igle-sia celebra la fiesta de la Ascensión del Señor. En el centro de este día encontramos a Cristo. Y sólo gracias a Él, gracias al misterio de su ascensión, llegamos a comprender el significado de la Cátedra, que a su vez es el símbolo de la potestad y de la responsabilidad del Obispo. ¿Qué quiere decir entonces la fiesta de la Ascensión del Señor? No quiere decirnos que el Señor se ha marchado a algún lugar, lejos de los hombres y del mundo. La Ascensión del Señor no es un viaje en el espacio hacia los astros más remotos, porque en el fondo también los astros están hechos de elementos físicos, como la Tierra. La Ascensión de Cristo significa que Él no pertenece más al mundo de la co-rrupción y de la muerte que condiciona nuestra vida, sino que significa que Él pertenece completamente a Dios. Él -el Hijo eterno- ha conducido nuestro ser humano a la presencia de Dios, ha llevado consigo la carne y la sangre en una forma transfigurada. El hombre encuentra espacio en Dios, y a través de Cristo el ser humano ha sido llevado hasta el interior de la vida misma de Dios. Y por cuanto Dios abraza y sostiene enteramente al cosmos, la Ascensión del Señor significa que Cristo no se ha alejado de nosotros, sino que ahora, gracias a Su estar con el Padre, está junto a cada uno de nosotros para siempre. Cada uno de nosotros puede tratarlo de tú, cada uno puede llamarlo. El Señor se encuentra siempre al alcance de nosotros. Podemos alejarnos interiormente de Él, podemos vivir volviéndole las espaldas, pero Él nos espera siempre, y está siempre junto a nosotros.

"Dios se nos ha dado totalmente a sí mismo"

De las lecturas de la liturgia del día de hoy aprendemos también algo más sobre la forma concreta en la que el Señor lleva a cabo este estar suyo junto a nosotros. El Señor promete a sus discípulos el Espíritu Santo. La primera lectura nos dice que el Espíritu Santo será "fuerza" para los discípulos, y el Evangelio agrega que será guía hacia la Verdad completa. Jesús ha dicho todo a sus discípulos, al ser Él mismo la Palabra viviente de Dios, y Dios no puede dar más que de sí mismo. En Jesús, Dios se nos ha dado totalmente a sí mismo, es decir, nos ha dado todo. Además de esto, o junto a esto, no puede haber ninguna otra revelación que esté en condiciones de comunicar mayormente o de completar, de algún modo, la Revelación de Cristo. En Él, en el Hijo, se nos ha dicho todo, se nos ha dado todo. Pero nuestra capacidad de comprender es li-mitada, por eso la misión del Espíritu es introducir a la Iglesia en un modo siempre nuevo, de generación en generación, en la grandeza del misterio de Cristo. El Espíritu no pone nada distinto y nuevo junto a Cristo. No hay ninguna revelación pneumática junto a la de Cristo -como algunos creen-, no hay ningún segundo nivel de Revelación. No: "recibirá de lo mío", dice Cristo en el Evangelio (Jn 16, 14). Y como Cristo dice solamente lo que siente y recibe del Padre, de la misma manera el Espíritu Santo es intérprete de Cristo. "Recibirá de lo mío". No nos conduce a otros lugares, lejos de Cristo, sino que nos conduce cada vez más al interior de la luz de Cristo. Por eso, la Revelación cristiana es siempre antigua y al mismo tiempo siempre nueva. Por eso, todo nos es dado ya y siempre. Al mismo tiempo, cada generación, en el inagotable encuentro con el Señor -encuentro mediado por el Espíritu Santo- aprende siempre algo nuevo.

"Seréis mis testigos"

Así, el Espíritu Santo es la fuerza a través de la cual Cristo nos hace experimentar su cercanía. Pero la primera lectura dice también una segunda palabra: seréis mis testigos. Cristo resucitado tiene necesidad de testigos que Lo han encontrado, de hombres que Lo han conocido íntimamente a través de la fuerza del Espíritu Santo. Hombres que, por así decir, habiéndolo tocado con la mano, pueden dar testimonio de Él. Es así que la Igle-sia, la familia de Cristo, ha crecido desde "Jerusalén […] hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8), como dice el texto. A través de los testigos ha sido construida la Iglesia, comenzando por Pedro y por Pablo, y por los Doce, hasta por todos los hombres y las mujeres que, colmados de Cristo, en el transcurso de los siglos han reencendido y reencenderán, en un modo siempre nuevo, la llama de la fe. Cada cristiano, a su modo, puede y debe ser testigo del Señor resucitado. Cuando leemos los nombres de los santos podemos ver cuántos rostros han sido -y siguen siendo- ante todo el de los hombres simples, hombres de los que emanaba -y emana- una luz esplendorosa capaz de conducir a Cristo.

Pero esta sinfonía de testimonios está dotada también de una estructura bien definida: a los sucesores de los Apóstoles, a los Obispos, se les ha confiado la responsabilidad pública de hacer realmente que la red de estos testimonios permanezca en el tiempo. En el sacramento de la ordenación episcopal se les confiere la po-testad y la gracia necesarias para este ser-vicio. En esta red de testigos, al sucesor de Pedro le compete una tarea específica. Fue Pedro quien expresó por primera vez, en nombre de los apóstoles, la profesión de fe: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). Ésta es la tarea de todos los sucesores de Pedro: ser el guía en la profesión de fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente. La Cátedra de Roma es antes que nada Cátedra de este credo. De lo alto de esta cátedra, el Obispo de Roma ha tenido que repetir constantemente: Dominus Iesus - "Jesús es el Señor", como Pablo escribió en sus Epístolas a los romanos (10, 9) y a los corintios (1 Co 12, 3). A los corintios les dijo con particular énfasis: "Pues aun cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, […], para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, […], y un solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros" (1 Co 8, 5-6). La Cátedra de Pedro obliga a quienes son titulares a decir -como ya lo hizo Pedro en un momento de crisis para los discípulos- cuando muchos querían alejarse: "Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabra de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 68 y ss.).

Aquél que se sienta en la Cátedra de Pedro debe recordar las palabras que el Señor dijo a Simón Pedro en la hora de la Última Cena: "[…] y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos […]" (Lc 22, 32). Aquél que es titular del ministerio cetrino debe ser consciente que es un hombre frágil y débil -como frágiles y débiles son sus propias fuerzas-, necesi-tado constantemente de purificación y de conversión. Pero también puede ser consciente que le viene del Señor la fuerza para confirmar a sus hermanos en la fe y mantenerlos unidos en la confesión del Cristo crucificado y resucitado. En la Primera epístola a los corintios, encontramos el más antiguo relato de la resurrección que poseemos. Pablo lo ha tomado fielmente de los testigos. Tal relato habla ante todo de la muerte del Señor por nuestros pecados, de su sepultura, de su resurrección acontecida al tercer día, y luego dice: Cristo, "que se apareció a Cefas y luego a los Doce" (1 Co 15, 5). De este modo, una vez más, se retoma el significado del mandato conferido a Pedro hasta el final de los tiempos: ser testigos de Cristo resucitado.

"La voz de la Iglesia viva"

El Obispo de Roma se sienta en la Cátedra para dar testimonio de Cristo. En este sentido, la Cátedra es el símbolo de la potestas docendi, de la potestad de enseñar que es parte esencial del mandato de atar y de desatar conferido por el Señor a Pedro y, luego de él, a los Doce. En la Iglesia, la Sagrada Escritura, cuya com-prensión crece bajo la inspiración del Espíritu Santo, y el ministerio de la interpretación auténtica, conferido a los apóstoles, se pertenecen mutuamente de modo indisoluble. Allí donde la Sagrada Escritura es separada de la voz viviente de la Iglesia, cae en poder de las disputas de los expertos. Es cierto que todo lo que ellos tienen para decir es importante y precioso, ya que el trabajo de los sapien-tes nos es de notable ayuda para poder comprender este proceso viviente en el que ha crecido la Escritura y comprender así su riqueza histórica. Pero la ciencia por sí misma no puede proporcionarnos una interpretación definitiva y vinculante; no está en condiciones de darnos, en la interpretación, esa certeza con la que podemos vivir y por la que también podemos morir. Por eso es necesario un mandato más grande, el cual no puede surgir de las solas capacidades humanas. Por eso es necesaria la voz de la Iglesia viva, de esa Iglesia confiada a Pedro y al colegio apostólico hasta el fin de los tiempos.

"La libertad para matar no es verdadera libertad"

Esta potestad de enseñar asusta a muchos hombres dentro y fuera de la Iglesia. Se preguntan si ella no amenaza la libertad de conciencia, si no es una presunción contrapuesta a la libertad de pensamiento. No es así. El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato para servir. La potestad de enseñar, en la Iglesia, comporta un esfuerzo al servicio de la obediencia en la fe. El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensar y querer son ley. Al contrario: el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra. Él no debe proclamar las propias ideas, más bien debe vincularse constantemente a sí mismo y a la Iglesia a la Palabra de Dios, oponiéndose a todos los intentos de adaptación y de disolución, y también a todo oportunismo. Lo hizo el Papa Juan Pablo II cuando, frente a todos los intentos, aparentemente benévolos hacia el hombre, frente a todas las interpretaciones erradas de la libertad, subrayó en forma ine-quívoca la inviolabilidad del ser humano, la inviolabilidad de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural. La libertad para matar no es verdadera libertad, sino una tiranía que reduce al ser humano a la esclavitud. En sus grandes decisiones, el Papa sabe que está ligado a la gran comunidad de fe de todos los tiempos, a las interpretaciones vinculantes crecidas a lo largo del camino peregrinante de la Iglesia. En este sentido, su poder no está más allá, sino que está al servicio de la Palabra de Dios, y a él le incumbe la responsabilidad de hacer realmente que esta Palabra siga permaneciendo presente en su grandeza y resonando en su pureza, de tal modo que no sea hecha pedazos por los continuos cambios de las modas.

"¡La comunidad eucarística!"

La Cátedra es -digámoslo una vez más- símbolo de la potestad de enseñanza, la cual es una potestad de obediencia y de servicio, para que la Palabra de Dios -¡su verdad!- pueda resplandecer entre nosotros, señalándonos el camino. Pero al hablar de la Cátedra del Obispo de Roma, ¿cómo no recordar las palabras que san Ignacio de Antioquia escribió a los romanos? Pedro, proviniendo de Antioquia, la cual fue su primera sede, se dirigió a Roma, su sede definitiva. Una sede que se convirtió en definitiva a causa del martirio con el que vinculó para siempre su sucesión a Roma. Por su parte, Ignacio, permaneciendo como Obispo de Antioquia, se dirigía al martirio que habría debido sufrir en Roma. En su Epístola a los romanos se refiere a la Iglesia de Roma como a "Aquélla que preside en el amor", expresión tan significativa. No sabemos con certeza lo que Ignacio tenía realmente en mente al utilizar estas palabras. Pero para la Iglesia antigua, la palabra amor, señalaba al misterio de la Eucaristía. En este Misterio, el amor de Cristo se hace siempre tangible en medio de nosotros. Aquí, Él se dona siempre en forma nueva; aquí, Él se hace traspasar el corazón siempre de nuevo; aquí, Él mantiene su promesa, la promesa que, desde la Cruz, habrá de atraer a todo hacia sí. En la Eucaristía, nosotros mismos aprendemos el amor de Cristo. Ha sido gracias a este centro y a este corazón, gracias a la Eucaristía, que los santos han vivido, llevando el amor de Dios al mundo en modos y en formas siempre nuevas. ¡Gracias a la Eucaristía la Iglesia renace siempre de nuevo! La Iglesia no es otra cosa que esa red -¡la comunidad eucarística!- en la que todos nosotros, recibiendo al mismísimo Señor, nos convertimos en un solo
cuerpo y abrazamos a todo el mundo. Presidir en la Eucaristía y presidir en el amor, hasta el fin, deben ser una sola cosa: toda la doctrina de la Iglesia conduce en definitiva al amor. Y la Eucaristía, como amor presente de Jesús, es el criterio de toda doctrina. Del amor dependen toda la Ley y los Pro-fetas, dice el Señor (Mt 22, 40). El amor es el cumplimiento de la ley, escribía san Pablo a los romanos (Rm 13, 10).

"De alguna manera, todos hemos nacido en Roma"

Queridos romanos, ahora soy vuestro Obispo. ¡Gracias por vuestra generosidad, gracias por vuestra simpatía, gracias por vuestra paciencia! En cuanto católicos, de alguna manera todos somos también romanos. Con las palabras del salmo 87, un himno de alabanza a Sion, madre de todos los pueblos, cantaba Israel y canta la Iglesia: "Pero de Sion se ha de decir: "Todos han nacido en ella" […]" (v. 5). De la misma manera también nosotros podemos decir: en cuanto católicos, de alguna manera todos hemos nacido en Roma. De este modo quiero buscar, con todo mi corazón, ser vuestro Obispo, el Obispo de Roma. Y todos nosotros queremos buscar ser siempre más católicos -siempre más hermanos y hermanas en la gran familia de Dios, esa familia en la que no existen extranjeros. Por último, quiero agradecer el corazón al Vicario para la diócesis de Roma, el cardenal Camillo Ruini, y también a los Obispos auxiliares y a todos sus colaboradores. Agradezco de corazón a los párrocos, al clero de Roma y a todos aqué-llos que, como fieles, ofrecen su contribución para construir aquí la casa vi-viente de Dios. Amén.
(Basílica de San Juan de Letrán, sábado 7 de mayo de 2005)
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