La cuestión sexual durante el Imperio Romano

Los principios que sustentaron los cristianos durante los primeros tiempos de la Iglesia estuvieron a contracorriente con la moralidad sostenida por el poder dominante.

En cuanto a la moralidad sexual en tiempo del Imperio, sería fácil compilar una abundante antología obscena con trozos de va-rios autores que con increíble serenidad narran repugnantes lascivias, lo cual pueda resultar sorprendente para el hombre actual, y era entonces absolutamente natural. La razón se encuentra en el ambiente en que escribían, un ambiente que precisamente San Pablo describe con cruda objetividad. Según él, los paganos que no sometieron su conducta moral al conocimiento natural de Dios que poseían, y alardeaban de sabios se hicieron necios, y trocaron la gloria del Dios incorruptible por la semejanza de la imagen del hombre corrup-tible y de aves, cuadrúpedos y reptiles. Por esto los entregó Dios a los deseos de su corazón, a la impureza con que deshonraban sus propios cuerpos; pues trocaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, que es bendito por los siglos. Por lo cual los entregó Dios a las pasiones vergonzosas, pues las mujeres mudaron el uso natural en uso contra la naturaleza propia de ellas; e igualmente los va-rones, dejando el uso natural de la mujer, se abrasaron en la concupiscencia de unos con otros, los varones con los varones; cometiendo torpezas y recibiendo en sí mismos el pago debido a su extravío. Y como no procuraron conocer a Dios, Dios los entregó a su réprobo sentir que les lleva a cometer torpezas y a llenarse de toda injusticia, malicia, avaricia, maldad; llenos de envidia, dados al homici-dio, a contiendas, a engaños, a malignidad; chismosos, calumniadores, aborrecidos de Dios, ultrajadores, orgullosos, fanfarrones, inventores de maldades, rebeldes a los padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados. (Romanos, I, 22-31). Todo lo sombrío que se quiera, el cuadro pintado por Pablo es auténtico, como puede percibir quien tenga cierta familiaridad con los clásicos griegos y romanos.
Hoy día, al hablar de las relaciones homose-
xuales denunciadas por Pablo, se piensa que solamente es una cuestión de la modernidad, mientras en los tiempos antiguos se hacía abiertamente la apología de ellas: el nombre de la isla de Lesbos designaba a aquellas mujeres, y aquellos hombres que hallaron defensores suyos en Sócrates y en Plutarco, considerándose comúnmente que ésto era una prerrogativa de guerreros, políticos y escritores, y que, a diferencia del humilde matrimonio, favorecía los sentimientos heroicos.
Isla de Lesbos, que denotaba a las lesbianas

¿Un solo hombre, una sola mujer?

El matrimonio era monógamo sólo en teoría. En Grecia, las rameras de alto rango eran casi una institución; en Roma, al menos en tiempo de Séneca (De benficiis, III, 16, 2), contemporáneo de Pablo, entre las matronas de la alta sociedad era un rasgo de ingenio contar los años, no por el nombre de los cónsules, sino por el de sus maridos. En la misma familia de Augusto, el reformador de las costumbres públicas, hubo escándalos célebres, y el emperador no tuvo más remedio que desterrar a su hija Julia a la isla Pandataria; tan grande era su desvergüenza, a pesar de haber tenido tres maridos y ser madre de cinco hijos de diferentes padres. Durante el intento de reforma hecho por Augusto, Horacio señalaba como origen de la decadencia del pueblo romano el estado lamentable de la moral familiar.

De arriba hacia abajo

En la comparación que hace Tácito entre las costumbres viciosas de los romanos y las sencillas de los germanos, alude a la causa principal de tanta corrupción, esto es, a los espectáculos obscenos: el elogio de las costumbres de los bárbaros hecho por este historiador sirve como testimonio contra el mundo romano de aquel tiempo: Nadie allí se ríe del vicio; ni el corromper ni el estar corrompido se llama moda (soecu lum.) (Germania, 19). Tan explícito como él es Séneca al denunciar la corrupción femenina, el cual alaba a su madre porque no había cedido a la práctica habitual del aborto (Ad Helviam matres, de consolatione, 16, 3); también él ve un incentivo para el vicio en los espectáculos y en las termas, donde muchas veces (se halla) la voluptuosidad, que se esconde y busca las tinieblas..., muelle, enervada, llena de vino y de ungüentos, pálida o pintada, está ya cerca de la tumba (De vita beata, 7, 3-4).
Para remediar esto, Augusto, decíamos, había dado ciertas disposiciones, como, por ejemplo, las leyes de adulteriis coërcendis y de maritandis ordinibus, completadas por la medida radical de la ley Papia Poppea, relativa al famoso “derecho de los tres hijos” (jus trium liberorum), que concedía privilegios a las familias numerosas. Sin embargo, estas disposiciones, a pesar de sus buenos propósitos, tuvieron escasa eficacia, tanto más cuanto que el mal ejemplo venía de arriba, y como en las familias de los Césares continuaron las Mesalinas, así, en la clase poderosa, continuaron los Trimalciones.

Excepciones a la regla

No todo, sin embargo, fueron Mesalinas o Trimalciones, y un historiador ecuánime, así como no disimula las sombras, debe recordar las luces, pocas o muchas, que hayan existido. Incluso Tácito, que pinta con oscuras tintas a tantas matronas romanas, se conmueve ante la fidelidad y el heroísmo de las mujeres que siguieron volunta-riamente a sus hijos y a sus maridos al destierro, compartiendo sus sufrimientos (Hist., l, 3), y des-cribe con gusto el valor de la mujer de Séneca (Annal., XV, G3 sig.) y de otras mujeres (Ibíd., XV, 10 sigs.; XVI, 30 sigs.), dignas de la mejor tradición romana. De estoicismo casi tétrico, pero a la vez de profundo afecto humano, son los dos hechos, recordados por Plinio el Joven, de dos matronas romanas que se mataron con sus maridos respectivos para no separarse de ellos en trance de muerte (Epist., II I, 16; VI, 24).
Pero, además de estos hechos tan salientes, sin duda hubo muchísimas familias que vivieron su vida cotidiana con paciente firmeza y pasaron inad-vertidas, porque no ofrecían materia a la crónica o a la sátira. Si el Imperio Romano siguió victorioso durante algunos siglos, superando todavía pruebas difíciles, no lo hizo ciertamente en virtud de las Mesalinas o de los Trimalciones, que se holgaban en las orgías de Roma, sino en virtud de los muchos ciudadanos, que en la milicia o en los cargos civiles, en la patria o en las colonias, conservaban aún, más o menos hondo, un sentido moral y familiar. Esto atestiguan las numerosas inscripciones sepulcrales-cuya sinceridad no puede negarse sistemáticamente-y los toscos grafitos de los tem-
plos; con los que los peregrinos se lamentaban de la lejanía de sus familiares queridos.

Mesalina (Siglo I)

Mesalina ha pasado a la Historia como una de las mujeres más promiscuas del Imperio Romano. Su matrimonio con Claudio -del que nació Británico-, cuando tenía 16 años, no impidió que desarrollara una libertad sexual escandalosa a pesar de su escaso atractivo físico. La pretendida reforma de la moral y las costumbres iniciada por Claudio chocó con la actitud de su esposa por lo que Mesalina aprovechó una escapada del emperador para contraer matrimonio con uno de sus amantes llamado Cayo Silio. Enterado Claudio, ordenó matar a Silio siguiendo el mismo destino la propia Mesalina que fue asesinada por dos pretorianos en los brazos de su madre.
Trimalción
En el ámbito de la literatura se menciona a este personaje en el Satiricón de Petronio, en que se describe una comida grotescamente suntuosa. La figura principal es Trimalción, rico charlatán, vanidoso e ignorante, que quiere hacerse aplaudir por sus invitados merced al buen arte de su cocinero.
Augusto

Octavio Augusto inaugura una nueva era de la historia romana, la del Imperio propiamente dicha, y que, con mayor o menor suerte, se extenderá a lo largo de los siglos venideros hasta la invasión de Occidente por los pueblos germánicos. Desde un primer momento, Octavio es consciente de su papel como reformador, de ahí su título de “restaurator reipublicae”. Hombre de costumbres sencillas, austeras, formado en la vieja moral romana, al decir de historiadores como Suetonio, su palmaria juventud no le hace desviarse de la ingente tarea política que se ha llevado a sus espaldas, tarea que emprende con una energía y un valor inusuales.

Como reformador social, el emperador intentó devolver a Roma la moral y el respeto por el matrimonio perdidos y trató de poner de nuevo de manifiesto los antiguos festivales religiosos.



El primer mártir

San Esteban fue el primero en dar la vida en nombre de Jesucristo en esta nueva realidad planeada en Jerusalén: el Judaísmo se enfrentaba a la nueva la Iglesia de Dios.

Por el momento, la palabra sensata del Gamaliel calmó al sanedrín, al menos en apariencia. Pero fácilmente se preveía que la calma no duraría mucho tiempo y que ya la cosa no se quedaría en amenazas, prisiones y azotes. Efectivamente, la tormenta no se hizo esperar mucho tiempo. Y estalló de una manera y en unas circunstancias imprevisibles.
Sabemos ya que los cristianos de aquellos días no consentían que nadie entre ellos padeciese necesidad. Pero como el número de los cristianos fuese en constante aumento, se hizo más difícil el atender a los pobres, y como fácilmente se deja comprender, alguna vez se daría el caso de que un necesitado no fuera atendido como lo hubiera sido en caso de un más exacto conocimiento de su situación.

Siete elegidos

Cada día se fue haciendo más difícil a los apóstoles examinar detenidamente cada caso y repartir personalmente las limosnas; esto les robaba tiempo para dedicarse a su primera y más importante tarea apostólica, que era la propagación del Reino de Dios con la predicación y la dirección espiritual de las almas. Convocaron una reunión y acordaron elegir siete hombres, cuya principal misión sería el cuidado de los pobres, aunque sin limitar su oficio y actividad sólo al servicio y las atenciones externas de los pobres de la comunidad.
Los elegidos -que naturalmente fue-ron escogidos entre los más hábiles y activos- fueron confirmados por los apóstoles con el nombre de “diáconos”, es decir, servidores, y me-diante la oración y la imposición de las manos fueron ordenados, confi-riéndoseles la gracia divina para el desempeño de sus tareas y de su oficio.
Entre estos diáconos se contaba (san Lucas le nombra el primero de todos) un hombre llamado Esteban, muy culto, de fe profunda y de alma ardiente, señalado para el cargo por las maravillas que Dios obraba por su mano y su intercesión. Era un hombre que reunía las mejores prendas para oponerse a los ataques del enemigo y desviar los golpes que dirigía contra los apóstoles.
La lucha se inició con las armas del espíritu. Doctos judíos se levantaron contra Esteban e inicia-ron la discusión con él. Pronto tuvieron que reconocer la superioridad de Esteban sobre e-
llos. Se retiraron irritados y deliberaron sobre lo que habían de hacer. No habían logrado sus propósitos con las armas de su sabiduría y erudición. Pues bien, recurrirían a otras armas. En todo caso (se decían a sí mismos), Esteban, ese orador vehemente y hábil, ese obrador de ma-ravillas, tenía que ser reducido a silencio y elimi-nado como fuera. Ya tienen a unos hombres dispuestos a declarar que Esteban ha blasfemado de Moisés y de Dios mismo.
Y provocan la agitación: en el templo y en la calle, en los escribas y en el pueblo. Y tal maña se dieron aquellos agentes asalariados, que al fin se produce un motín y Esteban es apresado y llevado violentamente a presencia del sanedrín, donde se presentaron inmediatamente (todo estaba perfectamente urdido) unos falsos testigos que decían: “Este hombre no cesa de proferir palabras contra este santo lugar y contra la ley. Porque le hemos oído decir que ese Jesús Nazareno destruirá este lugar y cambiará los usos tradicionales que nos dio Moisés” (Hechos, 6, 13-14). Juzgaba el sanedrín que esto constituía un tremendo sacrilegio.

Pueblo escogido

Hemos de abandonar aquí por un momento la vista de la causa, para considerar el estado exacto de la cuestión. Los círculos rectores del judaísmo del tiempo de Jesús vivían plenamente conven-cidos de ser ellos el pueblo escogido. Dos mil años hacía que Dios había escogido a Abrahán para que él y su descendencia fuesen los custodios fieles de la fe en un solo y verdadero Dios, de su ley, de las promesas de un Redentor y de las esperanzas en Él cifradas; es más, el Redentor había de tomar la naturaleza humana naciendo de una israelita. Israel siempre mantuvo viva la conciencia de esta elección, y se sintió orgullosa de esta distinción ante todas las gentes.
Cosa legítima. Solamente que no debía olvidar que ella se limitaba a dar al Redentor, y que no debía cerrar sus ojos para verlo cuando viniera. Sin duda, para preservar de peligros su fe, debía aislarse de las demás gentes; pero sin olvidar que el Redentor vendría no solamente para Israel, sino para todo el mundo. Quizás entre los judíos que vivían dispersos entre los pueblos de la gentilidad era menos frecuente el caso de olvidar esta verdad, pero los judíos de Jerusalén no pensaban más que en sí mismos, despreciando a las otras naciones, y se aferraban a su templo y a su ley con la convicción de que solamente allí estaba el único y definitivo lugar, donde se había de dar culto a Dios, y juraban por las tradiciones que se introdujeron en el correr de los siglos, como por los mismos mandamientos de Dios.
Este viejo judaísmo, rígido y satisfecho de sí mismo, se enfrenta ahora con la naciente comunidad cristiana. Todavía acuden los cristianos al templo a hacer oración, toman parte, aunque no en el sacrificio, sí en alguna que otra práctica judaica; pero tenían también sus reuniones propias para orar, aun fuera del templo, en sus propias casas, y en ellas oraban y ofrecían su sacrificio, el de la Nueva Ley, y... ¡La Ley de Moisés no tenía nada prescrito sobre semejantes ritos! “¡Una nueva oración, un nuevo sacrificio!”, exclamaron los judíos. Estos cristianos reniegan del templo; es más, quieren destruir el templo y la ley. Esteban lo ha delatado; él ha dicho, afirmaban los testigos, que Jesús de Nazaret destruirá este lugar, y alterará las costumbres y tradiciones que Moisés nos ha legado.

Enseñanza de Esteban


Jesús no había hablado así, ni tampoco Esteban; pero el sanedrín no andaba desacertado al temer que el mundo ya no necesitaría de su consejo. Todavía se contuvo el sumo sacerdote por un momento para preguntar al diácono, en vista de las acusaciones de los falsos testigos: “¿Es esto así?”
“Varones -comenzó a decir Esteban-, varones, hermanos y padres, escuchad”. Y desarrolló ante sus ojos la historia de Israel, para demostrarles que ella no era más que una preparación para dar paso al Salvador; una preparación a la que Israel más de una vez libremente había opuesto resistencia.
Rápidamente dio nuevo giro a su discurso. Aludiendo a la gran figura de Israel, a Moisés, puso de manifiesto la injusticia que con él cometieron los hijos de su mismo pueblo cuando, al intentar reconciliarlos entre sí, le gritaron: “¿Quién te ha constituido jefe y juez sobre nosotros?” Pero cuando al aludir, citando a un profeta, a la edificación del templo de Salomón, rechazó la pretensión de reconocer aquel templo como la única y definitiva habitación de Dios sobre la tierra, los judíos -según lo da a entender el relato de los Hechos de los apóstoles-, comenzaron a excitarse.
Y entonces fue cuando Esteban, interrumpiendo bruscamente el hilo de su discurso, les apostrofó diciéndoles: “¡Oh vosotros, duros de cerviz e incircuncisos de corazón y oídos! Vosotros siempre venís a dar contra el Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros. ¿Qué profeta hubo a quien no persiguiesen vuestros padres? Ellos mataron a los que de antemano anunciaron el advenimiento del Justo, a quien vosotros ahora (y con esto aludía a la cruci-fixión de Jesús) habéis traicionado y matado”.
Había concluido, tenía que estar preparado a todo. Su figura se erguía serena con los ojos clavados en el cielo. Desde allí le sonreía ya el Señor, y exclamó extasiado: “Estoy viendo los cielos a-biertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios” (Hechos, 7, 55).
Los judíos se tapaban los oídos, se abalanzaron gritando sobre Esteban, le sacaron a empellones de la ciudad y una lluvia de piedras cayó sobre él. “Señor Jesús -decía él, entre tanto, postrándose de rodillas-, recibe mi espíritu; Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hechos, 7, 59).
Unos piadosos varones dieron sepultura al héroe e hicieron duelo sobre él (Hechos, 8, 2).

Esteban significa corona.

El primer mártir de la Iglesia militante no podía, en verdad, llevar un nombre más hermoso ni más adecuado. Es él como el estribillo de ese himno alegre y triunfal con el que los militantes del Reino de Dios se lanzan al combate en este mundo y con el que son acogidos al entrar victoriosos por las puertas de la gloria:

De los soldados, que por Vos combaten,
Sois, Dios, herencia, premio y corona.


Rubens. Martírio de San Esteban.

 


Doménico Ghilandaio. Esteban.

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