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el momento, la palabra sensata del Gamaliel calmó al sanedrín, al menos
en apariencia. Pero fácilmente se preveía que la calma no duraría mucho
tiempo y que ya la cosa no se quedaría en amenazas, prisiones y azotes.
Efectivamente, la tormenta no se hizo esperar mucho tiempo. Y estalló de
una manera y en unas circunstancias imprevisibles. Sabemos ya que los cristianos de aquellos días no consentían que nadie entre ellos padeciese necesidad. Pero como el número de los cristianos fuese en constante aumento, se hizo más difícil el atender a los pobres, y como fácilmente se deja comprender, alguna vez se daría el caso de que un necesitado no fuera atendido como lo hubiera sido en caso de un más exacto conocimiento de su situación. Siete elegidos Cada día se fue haciendo más difícil a los apóstoles examinar detenidamente cada caso y repartir personalmente las limosnas; esto les robaba tiempo para dedicarse a su primera y más importante tarea apostólica, que era la propagación del Reino de Dios con la predicación y la dirección espiritual de las almas. Convocaron una reunión y acordaron elegir siete hombres, cuya principal misión sería el cuidado de los pobres, aunque sin limitar su oficio y actividad sólo al servicio y las atenciones externas de los pobres de la comunidad. Los elegidos -que naturalmente fue-ron escogidos entre los más hábiles y activos- fueron confirmados por los apóstoles con el nombre de “diáconos”, es decir, servidores, y me-diante la oración y la imposición de las manos fueron ordenados, confi-riéndoseles la gracia divina para el desempeño de sus tareas y de su oficio. Entre estos diáconos se contaba (san Lucas le nombra el primero de todos) un hombre llamado Esteban, muy culto, de fe profunda y de alma ardiente, señalado para el cargo por las maravillas que Dios obraba por su mano y su intercesión. Era un hombre que reunía las mejores prendas para oponerse a los ataques del enemigo y desviar los golpes que dirigía contra los apóstoles. La lucha se inició con las armas del espíritu. Doctos judíos se levantaron contra Esteban e inicia-ron la discusión con él. Pronto tuvieron que reconocer la superioridad de Esteban sobre e- llos. Se retiraron irritados y deliberaron sobre lo que habían de hacer. No habían logrado sus propósitos con las armas de su sabiduría y erudición. Pues bien, recurrirían a otras armas. En todo caso (se decían a sí mismos), Esteban, ese orador vehemente y hábil, ese obrador de ma-ravillas, tenía que ser reducido a silencio y elimi-nado como fuera. Ya tienen a unos hombres dispuestos a declarar que Esteban ha blasfemado de Moisés y de Dios mismo. Y provocan la agitación: en el templo y en la calle, en los escribas y en el pueblo. Y tal maña se dieron aquellos agentes asalariados, que al fin se produce un motín y Esteban es apresado y llevado violentamente a presencia del sanedrín, donde se presentaron inmediatamente (todo estaba perfectamente urdido) unos falsos testigos que decían: “Este hombre no cesa de proferir palabras contra este santo lugar y contra la ley. Porque le hemos oído decir que ese Jesús Nazareno destruirá este lugar y cambiará los usos tradicionales que nos dio Moisés” (Hechos, 6, 13-14). Juzgaba el sanedrín que esto constituía un tremendo sacrilegio. Pueblo escogido Hemos de abandonar aquí por un momento la vista de la causa, para considerar el estado exacto de la cuestión. Los círculos rectores del judaísmo del tiempo de Jesús vivían plenamente conven-cidos de ser ellos el pueblo escogido. Dos mil años hacía que Dios había escogido a Abrahán para que él y su descendencia fuesen los custodios fieles de la fe en un solo y verdadero Dios, de su ley, de las promesas de un Redentor y de las esperanzas en Él cifradas; es más, el Redentor había de tomar la naturaleza humana naciendo de una israelita. Israel siempre mantuvo viva la conciencia de esta elección, y se sintió orgullosa de esta distinción ante todas las gentes. Cosa legítima. Solamente que no debía olvidar que ella se limitaba a dar al Redentor, y que no debía cerrar sus ojos para verlo cuando viniera. Sin duda, para preservar de peligros su fe, debía aislarse de las demás gentes; pero sin olvidar que el Redentor vendría no solamente para Israel, sino para todo el mundo. Quizás entre los judíos que vivían dispersos entre los pueblos de la gentilidad era menos frecuente el caso de olvidar esta verdad, pero los judíos de Jerusalén no pensaban más que en sí mismos, despreciando a las otras naciones, y se aferraban a su templo y a su ley con la convicción de que solamente allí estaba el único y definitivo lugar, donde se había de dar culto a Dios, y juraban por las tradiciones que se introdujeron en el correr de los siglos, como por los mismos mandamientos de Dios. Este viejo judaísmo, rígido y satisfecho de sí mismo, se enfrenta ahora con la naciente comunidad cristiana. Todavía acuden los cristianos al templo a hacer oración, toman parte, aunque no en el sacrificio, sí en alguna que otra práctica judaica; pero tenían también sus reuniones propias para orar, aun fuera del templo, en sus propias casas, y en ellas oraban y ofrecían su sacrificio, el de la Nueva Ley, y... ¡La Ley de Moisés no tenía nada prescrito sobre semejantes ritos! “¡Una nueva oración, un nuevo sacrificio!”, exclamaron los judíos. Estos cristianos reniegan del templo; es más, quieren destruir el templo y la ley. Esteban lo ha delatado; él ha dicho, afirmaban los testigos, que Jesús de Nazaret destruirá este lugar, y alterará las costumbres y tradiciones que Moisés nos ha legado. Enseñanza de Esteban Jesús no había hablado así, ni tampoco Esteban; pero el sanedrín no andaba desacertado al temer que el mundo ya no necesitaría de su consejo. Todavía se contuvo el sumo sacerdote por un momento para preguntar al diácono, en vista de las acusaciones de los falsos testigos: “¿Es esto así?” “Varones -comenzó a decir Esteban-, varones, hermanos y padres, escuchad”. Y desarrolló ante sus ojos la historia de Israel, para demostrarles que ella no era más que una preparación para dar paso al Salvador; una preparación a la que Israel más de una vez libremente había opuesto resistencia. Rápidamente dio nuevo giro a su discurso. Aludiendo a la gran figura de Israel, a Moisés, puso de manifiesto la injusticia que con él cometieron los hijos de su mismo pueblo cuando, al intentar reconciliarlos entre sí, le gritaron: “¿Quién te ha constituido jefe y juez sobre nosotros?” Pero cuando al aludir, citando a un profeta, a la edificación del templo de Salomón, rechazó la pretensión de reconocer aquel templo como la única y definitiva habitación de Dios sobre la tierra, los judíos -según lo da a entender el relato de los Hechos de los apóstoles-, comenzaron a excitarse. Y entonces fue cuando Esteban, interrumpiendo bruscamente el hilo de su discurso, les apostrofó diciéndoles: “¡Oh vosotros, duros de cerviz e incircuncisos de corazón y oídos! Vosotros siempre venís a dar contra el Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros. ¿Qué profeta hubo a quien no persiguiesen vuestros padres? Ellos mataron a los que de antemano anunciaron el advenimiento del Justo, a quien vosotros ahora (y con esto aludía a la cruci-fixión de Jesús) habéis traicionado y matado”. Había concluido, tenía que estar preparado a todo. Su figura se erguía serena con los ojos clavados en el cielo. Desde allí le sonreía ya el Señor, y exclamó extasiado: “Estoy viendo los cielos a-biertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios” (Hechos, 7, 55). Los judíos se tapaban los oídos, se abalanzaron gritando sobre Esteban, le sacaron a empellones de la ciudad y una lluvia de piedras cayó sobre él. “Señor Jesús -decía él, entre tanto, postrándose de rodillas-, recibe mi espíritu; Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hechos, 7, 59). Unos piadosos varones dieron sepultura al héroe e hicieron duelo sobre él (Hechos, 8, 2). Esteban significa corona. El primer mártir de la Iglesia militante no podía, en verdad, llevar un nombre más hermoso ni más adecuado. Es él como el estribillo de ese himno alegre y triunfal con el que los militantes del Reino de Dios se lanzan al combate en este mundo y con el que son acogidos al entrar victoriosos por las puertas de la gloria: De los soldados, que por Vos combaten, Sois, Dios, herencia, premio y corona. |
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