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Beato Juan Diego
El
indio de María
Aunque
hay quienes cuestionan sus existencia histórica, nadie puede
explicar
cómo la imagen de la Virgen quedó grabada en el poncho de este
indio
mejicano. |
El
indio insistía, y eso ya le molestaba al obispo de México, Juan de
Zumárraga. Era el mismo que en los últimos días había ido
infinidad de veces
a la curia hablando de una aparición de la Virgen en la colina, que
le había
pedido que se levantara un templo en su honor. El indio, Juan Diego,
hacía
poco que se había convertido al cristianismo. Insistía "por
orden de un
muchacho" que se le reveló como "la siempre virgen santa
María". El prudente
obispo Zumárraga, se manifestó escéptico al relato del visitante.
Pero el 12
de diciembre de 1531 había que creer o reventar. El indio se apareció
nuevamente en el despacho de su Excelencia con su poncho repleto de
rosas.
Ya ahí la cosa cambió. Rosas milagrosas en pleno invierno.
El
indio piadoso
El beato Juan Diego nació en 1474 en
Cuauhtitlán, México. Cuando nació
recibió el nombre de Cuauhtlatoatzin, que quiere decir "el que
habla como
águila" o "águila que habla". Juan Diego perteneció
a la más numerosa y baja
clase del Imperio Azteca, sin llegar a ser esclavo. Se dedicó a
trabajar la
tierra y poseía un terreno en el que construyó una pequeña
vivienda.
Contrajo matrimonio con una nativa pero no tuvo hijos.
Entre 1524 y 1525 se convirtió al
cristianismo y fue bautizado junto a su
esposa; él recibió el nombre de Juan Diego y ella el de María Lucía.
Antes de su conversión, Juan Diego ya era un
hombre piadoso y religioso.
Era muy reservado y de carácter místico, le gustaba el silencio y
solía
caminar desde su poblado hasta Tenochtitlán, a veinte kilómetros de
distancia, para recibir instrucción religiosa. Su esposa falleció en
1529 y
Juan Diego se fue a vivir con su tío Juan Bernardino en Tolpetlac, a
sólo
catorce kilómetros de la iglesia de Tlatilolco, Tenochtitlán.
Durante una de
sus caminatas rumbo a Tenochtitlán, que solían durar tres horas a
través de
montañas y poblados, ocurre la primera aparición de Nuestra Señora,
en el
lugar ahora conocido como "Capilla del Cerrito", donde la
Virgen María le
habló en su idioma, el náhuatl.
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Juan
Diego existió
A partir el siglo XVIII algunos sectores dentro de la
Iglesia comenzaron a
poner en duda la real existencia de Juan Diego y el origen
milagroso de la
imagen mariana de su tilma. En el marco del proceso de
canonización del
beato indio, la Congregación vaticana para las Causas de los
Santos, decidió
crear en 1998 una Comisión histórica para analizar su
fundamento. La
Comisión solicitó la cooperación de unos treinta
investigadores de diversas
nacionalidades que ofrecieron una contribución decisiva no sólo
para
justificar la historicidad de Juan Diego, sino incluso para
aportar nueva
luz a la historia de México. El padre González expuso los
resultados de este
trabajo en un Congreso extraordinario celebrado en la
Congregación Vaticana
para las Causas de los Santos el 28 de octubre de 1998,
obteniendo un éxito
positivo en la resolución de las dudas presentadas sobre la
problemática
histórica. |
Las
pruebas del milagro
Juan Diego tenía cincuenta y siete años en
el momento de las apariciones,
una edad avanzada en un lugar y época donde la expectativa de vida
masculina
apenas sobrepasaba los cuarenta años. Luego del milagro de Guadalupe
Juan
Diego fue a vivir a un pequeño cuarto pegado a la capilla que alojaba
la
santa imagen, tras dejar todas sus pertenencias a su tío Juan
Bernardino.
Pasó el resto de su vida dedicado a la difusión del relato de las
apariciones entre la gente de su pueblo.
Monseñor le había pedido a Juan Diego una
prueba contundente de que lo que
decía era verdad. Él se lo contó a la Señora y ésta le dijo que
subiera
nuevamente el cerro, que allí encontraría lo que el religioso le
exigía. Y
así fue. Juan Diego se encontró con una mata de resplandecientes y
perfumadas rosas, que envolvió en su tilma o poncho y se las llevó
al
obispo. El visitante desenvolvió el manto y de él cayeron las rosas,
una
flor que en pleno invierno era imposible que creciera. Pero tras la
sorpresa
de las flores sobrevino la más maravillosa: en el poncho en que Juan
Diego
las llevaba se veía grabada la imagen de la Virgen. El obispo se
arrodilló
anonadado por semejante prodigio. Colgó la capa del indio en la
capilla e
invitó a Juan Diego a quedarse en su casa. Juan Diego permaneció
hasta su
muerte como sacristán de la Virgen.

Jorge Sánchez Hernández, pintor
retratista, ha representado en dieciocho óleos, maravilla de
belleza, arte y piedad guadalupana, la espiritualidad de los
sentimientos de Juan Diego y de la dulce niña que le hablaba en
el Tepeyac.
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Las
palabras de la Virgen
En la madrugada del 9 de diciembre de 1531, la Virgen se
aparece por
primera vez a Juan Diego. Parte de sus palabras fueron estas:
- "Juanito, Juan Dieguito. Oye, hijo mío, Juanito,
el más pequeño de mis
hijos, ¿a dónde vas? Sabe y ten por seguro, mi hijo mío el
más pequeño, que
yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero
Dios, Aquel por
Quien vivimos, de El Creador de personas, de El Dueño de lo
que está Cerca y
Junto, del Cielo y de la Tierra. Quiero mucho y deseo
vivamente que en este
lugar me levanten mi templo. En donde Lo mostraré, Lo
ensalzaré al ponerlo
de manifiesto: Lo daré a las gentes en todo mi amor personal,
en mi mirada
compasiva, en mi auxilio, en la salvación.
.............................
"Ten por seguro que lo agradeceré mucho y lo
pagaré, que por ello te he de
hacer dichoso, te glorificaré y mucho merecerás que yo
recompense tu fatiga
y tu trabajo, con que vas a poner por obra lo que te
encomiendo. Ya has oído
mi mandato, hijo mío el más pequeño; anda, haz lo que esté
de tu parte". |
Devoción
popular
La imagen se hizo sumamente popular. Para los
indios, representaba la
síntesis de su cultura: los colores, el rostro, las manos, la túnica,
el
manto, el ángel, la luna, las estrellas, todo indicaba a los indígenas
que
el cristianismo representaba la posibilidad concreta de llevar a
cumplimiento definitivo su antigua cultura. Al mismo tiempo, la imagen
tranquilizaba a los españoles, cuya preocupación mayor era la de
combatir la
persistencia de la idolatría: la aparición mexicana reclamaba el
culto a
nuestra Señora de Guadalupe de Extremadura, la patria del
conquistador
Hernán Cortés donde la Virgen, según la tradición, se había
aparecido
milagrosamente en 1330, dejando una imagen del rostro muy semejante a
la
Virgen del Tepeyac.
En 1929 el fotógrafo Alfonso Marcue González,
examinando algunos negativos
de fotos tomadas al poncho, descubrió una figura humana reflejada en
el ojo
derecho de la imagen. En 1936 el alemán Richard Kuhn (que sería
Premio Nobel
de Química en 1938) examina dos fibras del poncho del indio, una roja
y otra
amarilla, pero no llega a descubrir ningún tipo de colorante vegetal,
animal
ni mineral.
El 12 de octubre de 1945, en ocasión del
cincuentenario de la coronación,
Pío XII transmite por radio a los mexicanos el mensaje "Floreció
el
milagro", afirmando que "en la tilma de Juan Diego, pinceles
que no
pertenecen a este mundo pintaron una imagen dulcísima".
Mario Rojas, sacerdote de la diócesis de
Huejutla, estudioso de la cultura
y de la lengua de los aztecas, descubrió una correlación entre las
estrellas
del manto de la Virgen y las del cielo en el solsticio del invierno
del año
1531.
Juan Diego muere el 30 de mayo de 1548, a la
edad de setenta y cuatro años.
Amaba la Sagrada Eucaristía y, por permiso especial del obispo, recibía
la
Comunión tres veces por semana, algo completamente inusual en
aquellos
tiempos. Su Santidad Juan Pablo II alabó en Juan Diego su simple fe
enriquecida por la catequesis y lo definió (a aquél que le dijo a la
Santísima Virgen: "soy sólo un hombrecillo, soy un cordel, soy
una
escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda..")
como un
modelo de humildad para todos nosotros.
Si bien desde tiempo muy antiguo los
mexicanos lo consideran santo, Juan
Diego fue beatificado por Juan Pablo II en 1990.
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Obispo Juan de Zumárraga junto
a la imagen de la Virgen.
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Santo Tomás Becket
Defensor de la Iglesia
Llegó
a ser canciller de Inglaterra en tiempos del rey Enrique II y
arzobispo de Canterbury. Su lucha por defender los derechos de la
Iglesia le valió
el martirio y un pronto reconocimiento de santidad. |
Este mártir
que entregó su vida por defender los derechos de la religión
católica, nació en Londres en 1118. Era hijo de un empleado oficial, y en
sus primeros años fue educado por los monjes del convento de Merton. Después
tuvo que trabajar como empleado de un comerciante, al cual acompañaba los
días de descanso a hacer largas correrías dedicados a la cacería. Desde
entonces adquirió su gran afición por los viajes, aunque fueran por
caminos
muy difíciles.
Un día, persiguiendo una presa de cacería, corrió
con tan gran imprudencia
que cayó a un canal que llevaba el agua para mover un molino. La corriente
lo arrastró y ya iba a morir triturado por las ruedas, cuando, sin saber
cómo ni por qué, el molino se detuvo instantáneamente. El joven consideró
aquello como un aviso para tomar la vida más en serio.
A los veinticuatro años
consiguió un puesto como ayudante del Arzobispo de
Canterbury el cual se dio cuenta de que este joven tenía cualidades
excepcionales para el trabajo, y le fue confiando poco a poco oficios más
difíciles e importantes. Lo ordenó de diácono y lo encargó de la
administración de los bienes del arzobispado. Lo envió varias veces a Roma
a
tratar asuntos de mucha importancia, y así Tomás llegó a ser el personaje
más importante, después del arzobispo, en aquella Iglesia de Londres.
Monseñor afirmaba que no se arrepentía de haber depositado en él toda su
confianza, porque en todas las responsabilidades que se le encomendaban se
esmeraba por desempeñarse lo mejor posible.
Tomás
Becket era de cuerpo delgado, semblante pálido, cabello oscuro, nariz
larga y facciones muy varoniles. Su carácter alegre lo hacía atractivo y
agradable en su conversación. Sumamente franco, trataba de decir siempre la
verdad, pero siempre con el mayor respeto. Sabía expresar sus ideas de
manera tan clara, que a la gente le gustaba oírle explicar los asuntos de
religión porque se le entendía todo fácilmente y bien.
Tomás, como buen diplomático, había obtenido que
el Papa Eugenio III se
hiciera muy amigo del rey de Inglaterra, Enrique II, y éste, en acción de
gracias por tan gran favor, nombró a nuestro santo a los treinta y seis años
Canciller o Ministro de Relaciones Exteriores. Tomás puso todas sus
cualidades al servicio de tan alto cargo, y llegó a ser el hombre de
confianza del rey. Este no hacía nada importante sin consultarle. Su
presencia en el gobierno contribuyó a que dictaran leyes muy favorables
para
el pueblo. Acompañaba a Enrique II en todas sus travesías por el país y
por
el exterior (pues Inglaterra tenía amplias posesiones en Francia) y
procuraba que en todas partes quedara muy en alto el nombre de su gobierno.
Y no tenía miedo de corregir también al monarca cuando veía que se estaba
extralimitando en sus funciones. Pero siempre de la manera más amigable
posible.
En el 1161 murió el Arzobispo Teobaldo, y entonces
al rey le pareció que el
mejor candidato para reemplazarlo era Tomás Becket. Este le advirtió que
no
era digno de tan sublime cargo, que su genio era violento y fuerte, y que
tomaba demasiado en serio sus responsabilidades y que por eso podía tener
muchos problemas con el gobierno civil si lo nombraban jefe del gobierno
eclesiástico. Pero su confesor decía: "En su vida privada es
intachable, y
sabe mantener una gran dignidad aun en ocasiones peligrosas y en tentaciones
de toda especie". Y un Cardenal de mucha confianza del Sumo Pontífice
lo
convenció de que debía aceptar, y al fin aceptó.
Cuando el rey empezó a insistirle en que aceptara
el oficio de Arzobispo,
Santo Tomás le hizo un anuncio que se cumplió al pie de la letra. Le dijo
así: "Si acepto ser Arzobispo me sucederá que el rey, que hasta ahora
es mi
gran amigo, se convertirá en mi gran enemigo". Enrique no creyó que
fuera a
suceder así, pero sí sucedió.
Ordenado de sacerdote y luego consagrado como
arzobispo, pidió a sus
ayudantes que en adelante le corrigieran con toda valentía cualquier falta
que notaran en él. Les decía: "Muchos ojos ven mejor que dos. Si ven
en mi
comportamiento algo que no está de acuerdo con mi dignidad de arzobispo,
les
agradeceré de todo corazón si me lo advierten".
Aun como canciller había practicado austeridades
secretas, pero ahora a la
vista de la batalla que claramente veía delante de él se dio a ayunos y
disciplinas, castigos, prolongadas vigilias, y constante oración. Antes del
fin del año 1162 se despojó de todos los signos de la excesiva
magnificencia
que había previamente exhibido. El 10 de agosto fue descalzo a recibir al
legado que le traía el palio de Roma y, contrariamente al deseo del rey,
dimitió como canciller.
La vida de Tomás había cambiado por completo. Se
levantaba muy al amanecer,
luego dedicaba una hora a la oración y a la lectura de la Biblia. Después
del desayuno estudiaba otra hora con un doctor en teología, para estar al
día en conocimientos religiosos. Cada día repartía él personalmente las
limosnas a muchísimos pobres que llegaban al palacio arzobispal.
Cada día tenía algunos invitados a su mesa, pero
durante las comidas, en
vez de música escuchaba la lectura de algún libro religioso. Casi todos
los
días visitaba algunos enfermos del hospital. Examinaba rigurosamente la
conducta y la preparación de los que deseaban ser sacerdotes, y a los que
no
estaban bien preparados o no habían hecho los estudios correspondientes no
los dejaba ordenarse, aunque llegaran con recomendaciones del mismo rey.
Tomás había dicho al rey cuando éste le propuso
el arzobispado: "Ya verá
que los envidiosos tratarán de poner enemistades entre nosotros dos. El
poder civil tratará de imponer leyes que vayan contra la Iglesia Católica
y
no podré aceptar eso. Y hasta el mismo rey me pedirá que yo le apruebe
ciertos comportamientos suyos, y me será imposible hacerlo". Esto se
fue
cumpliendo todo exactamente.
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Datos
biográficos
Nació en Londres en 1118.
A los 24 años es ayudante del arzobispo de Canterbury.
En 1154 es nombrado Canciller de Inglaterra.
Entre 1164 y 1170 vivió desterrado en Francia.
El 29 de diciembre de 1170 murió acuchillado.
Es declarado santo el 21 de febrero de 1173. |
El rey se propuso gravar con enormes impuestos los
bienes de la Iglesia
Católica. El arzobispo se opuso totalmente a ello, y desde entonces el
cariño de Enrique hacía su antiguo canciller Tomás, se apagó casi por
completo. Luego pretendió el rey imponer un fuerte castigo a un sacerdote.
El arzobispo se opuso, diciendo que al sacerdote lo juzga su superior
eclesiástico y no el poder civil. La ira del mandatario se encendió
furiosamente. Enrique redactó una ley en la cual la Iglesia quedaba casi
totalmente sujeta al gobierno civil. El arzobispo exclamó: "No permita
Dios
que yo vaya jamás a aprobar o a firmar semejante ley". Y no la aceptó.
¡Nueva furia del rey! En adelante sería el gobierno civil quien asignara
ciertos cargos eclesiásticos. Tomás se le opuso terminantemente y tuvo que
salir del país.
Fue a Francia a entrevistarse con el Papa Alejandro
III y pedirle que lo
reemplazara por otro en este cargo tan difícil. "Santo Padre, yo soy
un
pobre hombre orgulloso, nunca digno de este oficio. Por favor: nombre a
otro, y yo terminaré mis días dedicado a la oración en un convento".
Y pasó
cuarenta días rezando y meditando en una casa de religiosos.
Pero el Pontífice intervino y obtuvo que entre Enrique y Tomás
hicieran las
paces y así volvió a Inglaterra. Sin embargo, el problema peor estaba por
llegar.
Después de seis años de destierro y cuando ya le
habían sido confiscados
por el rey todos sus bienes y los de sus familiares, el arzobispo Tomás
regresó a Inglaterra el 1º de diciembre con el título de "Delegado
del Sumo
Pontífice". El trayecto desde que desembarcó hasta que llegó a su
catedral
de Canterbury fue una marcha triunfal. Las gentes aglomeradas a lo largo de
la vía lo aclamaban. Las campanas de todas las iglesias repicaban
alegremente y parecía que la hora de su triunfo ya había llegado. Pero era
otra clase de triunfo distinta la que le esperaba en ese mes de diciembre.
La del martirio.
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Santo Tomás Becket, vitral de la
catedral de Canterbury, Inglaterra.
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El arzobispo y el rey
Los cronistas hablan con admiración de las relaciones que
existieron entre el canciller y el soberano, quien era doce años
más joven. La gente declaraba que "no tenían más que
un corazón y una mente". Con frecuencia el rey y su ministro
se comportaban como dos colegiales que juegan. Pero aunque cazaban
o montaban juntos a la cabeza de un ejército no era una simple
camaradería en los pasatiempos lo que los unía. Ambos eran
incansables trabajadores y los dos, podemos creer, buscaban la
prosperidad del reino con profundo empeño.
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Entre los monjes
Tomás tomó con toda seriedad su misión de obispo, sin
renunciar a su ritmo de vida. En especial se erigió en defensor
de los derechos de la Iglesia, que el rey pretendía detentar.
Acaso resultara a veces desmañado en sus modales, impulsivo y
altanero con sus colegas. Sus altercados con la corte le valieron
un destierro de seis años, que pasó en Francia, en la abadía de
Pontigny (1164-1170). En su retiro, Tomás oyó el llamamiento a
una vida más evangélica: quiso seguir la observancia de los
monjes cistercienses, entre los cuales descubrió el sentido de la
penitencia. |

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Como él mismo lo había anunciado, los envidiosos empezaron a levantar
calumnias ante el rey contra el arzobispo. Y dicen que un día en uno de sus
terribles estallidos de cólera, Enrique II exclamó: "No podrá haber
más paz
en mi reino mientras viva Becket. ¿Será que no hay nadie que sea capaz de
suprimir a este clérigo que me quiere hacer la vida imposible?"
Al oír semejante exclamación de labios del
mandatario, cuatro sicarios se
fueron donde el santo arzobispo resueltos a darle muerte. Estaba él orando
junto al altar cuando llegaron los asesinos. Era el 29 de diciembre de 1170.
«El miedo a la muerte -les dijo a los clérigos que le rodeaban- no debe
separarnos de la justicia». Los delincuentes lo atacaron a cuchilladas. Él,
sin oponer resistencia, murió diciendo: "Muero gustoso por el nombre
de
Jesús y en defensa de la Iglesia Católica". Tenía apenas cincuenta y
dos
años.
La noticia del asesinato del arzobispo recorrió
velozmente Europa causando
horror y espanto en todas partes. El Papa Alejandro III excomulgó al rey
Enrique, el cual profundamente arrepentido hizo penitencia durante dos años
hasta reconciliarse otra vez con su religión y desde entonces se entendió
muy bien con las autoridades eclesiásticas. El mártir Tomás consiguió
después de su muerte lo que no había logrado durante su vida.
Tres años después el Sumo Pontífice lo declaró
santo, a causa de su
martirio y por los muchos milagros que se obraban en su sepulcro.
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