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        Devociones

         
La milagrosa medalla de

San Benito

La Medalla de San Benito, difundida por el mundo entero por los
seguidores del santo desde hace muchos siglos, ha trascendido por su
milagrosa eficacia contra la presencia demoníaca, el acecho del peligro, las
enfermedades y males de diversa índole. En numerosas ocasiones ha  sido
recomendada por los sumos pontífices para acudir a ella en caso de
necesidad, aun la más extrema.

          A l hablar de la medalla de San Benito estamos hablando de un "sacramental", y creemos que no estará de más referirnos brevemente al significado de esta palabrita por muchos desconocida.    Se trata de  "signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida", tal como reza el Catecismo de la Iglesia.

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          Santifican una gran variedad de momentos en la vida de las familias, personas y comunidades y se pueden celebrar cada vez que hay necesidad de la oración y la bendición de Dios. Las bendiciones  sean de personas, de la mesa, de objetos, de lugares- son una alabanza a Dios y una oración para obtener sus dones y por ello constituyen sacramentales.
          Ciertas bendiciones tienen un alcance permanente, como por ejemplo las que se refieren a objetos tales como una iglesia o un altar, la bendición de los santos óleos, de los vasos y ornamentos sagrados, de las campanas, etc. Desde hace muchos siglos, la cruz y la medalla de San Benito han sido muy difundidas aun más allá de los círculos más comprometidos con la fe de la Iglesia. La medalla de San Benito es un sacramental reconocido por la Iglesia con gran poder de exorcismo. Como todo sacramental, su poder está no en sí misma sino en Cristo quien lo otorga a la Iglesia y por la fervorosa disposición de quien usa la medalla.

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Indulgencias

          El 12 de marzo de 1742 el Papa Benedicto XIV otorgó indulgencia plenaria a la medalla de San Benito si la persona se confiesa, recibe la eucaristía, ora por el Santo Padre en las grandes fiestas y durante esa semana reza el santo rosario, visita a los enfermos, ayuda a los pobres, enseña la Fe o participa en la Santa Misa. Las grandes fiestas son Navidad, Epifanía, Pascua de Resurrección, Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad, Corpus Christi, la Asunción, la Inmaculada Concepción, el nacimiento de María, todos los Santos y fiesta de San Benito.

San Benito de Nursia

          Venerado como padre del monasticismo occidental y patrono de Europa, San Benito nació en Nursia, Italia, en el año 480. Fundó numerosos monasterios, aunque el de Monte Cassino, de 529, es el más importante.
          Hermano de Santa Escolástica, se destacó por su sabiduría espiritual sintetizada en el lema benedictino "Ora y Labora". Su gran amor y su fuerza fueron la Santa Cruz con la que hizo muchos milagros. Fue un poderoso exorcista. Este don para someter a los espíritus malignos lo ejerció utilizando como sacramental la famosa Cruz de San Benito. Los monasterios de su orden se convirtieron en faros de luz capaces de mantener y propagar la fe y la cultura en tiempos de crisis. San Benito murió el 21 de marzo de 542, aunque su fiesta se celebra el 11 de julio.

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         Pero también recibe indulgencias parciales varía la extensión de la misma-si uno visita una semana a los enfermos o visita la Iglesia o enseña a los niños la Fe; si uno celebra la Santa Misa o está presente, y ora por el bienestar de los cristianos, o reza por sus gobernantes; si acompaña a los enfermos en el día de todos los Santos; si se hace una oración antes de la Santa Misa o antes de recibir la sagrada Comunión por la conversión de una persona o si el Jueves Santo o el día de Resurrección, después de una buena confesión y de recibir la Eucaristía, se ora por la exaltación de la Iglesia y por las necesidades del Santo Padre. Cualquiera que rece por la exaltación de la Orden Benedictina, recibirá una porción de todas las buenas obras que realiza esta Orden.
          Además, quienes lleven la medalla de San Benito a la hora de la muerte serán protegidos siempre que se encomienden al Padre, se confiesen y reciban la comunión o al menos invoquen el nombre de Jesús con profundo arrepentimiento.

El Crucifijo y la medalla

          El Crucifijo de la Buena Muerte y la Medalla de San Benito han sido reconocidos por la Iglesia como una ayuda para el cristiano frente a la entación, el peligro, el mal, y principalmente en la hora de la muerte, y le ha conferido también al Crucifijo con la Medalla, la Indulgencia Plenaria.

          Esta cruz también ayuda a los enfermos para unir sus sufrimientos a  los de Nuestro Salvador.

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Antiguos testimonios

          La medalla de San Benito sirve para auxilio de los necesitados, pero como casi siempre se usa de manera privada y a veces ocultamente, no se conoce una información oficial sobre los efectos por ella producidos.

          Bucelino, en "Benedictus redivivus", recopiló en la Francia del siglo XVII algunos testimonios referidos a ello.

Descripción de la medalla:

En el frente de la medalla aparece San Benito con la Cruz en una mano y el libro de las Reglas en la otra mano, con la oración: "A la hora de nuestra muerte seamos protegidos por su presencia". (Oración de la Buena Muerte). El reverso muestra la cruz de San Benito con las letras:

C.S.P.B. :
"Santa Cruz del Padre Benito"
C.S.S.M.L.: "La santa Cruz sea mi luz" (crucero vertical de la cruz).
D.S.M.D.: "y que el Dragón no sea mi guía." (Crucero horizontal).
En círculo, comenzando por arriba hacia la derecha:
V.R.S. "Abajo contigo Satanás".
N.S.M.V. "para de atraerme con tus mentiras".
S.M.Q.L. "Venenosa es tú carnada"
I.V.B. "Trágatela tu mismo".
PAX "Paz".

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          En 1655, un joven era atormentado intensamente por el demonio que lo había poseído. Todos los intentos por sacarlo de este estado resultaron estériles, hasta que le dieron de beber agua en la cual previamente habían sumergido la medalla bendita de san Benito. La reacción inmediata del maligno, ni bien el joven llevó el vaso a su boca, fue la de redoblar su furia, aunque tras ello y por boca del poseso expresó que sentía que una fuerza superior lo dominaba y abandonaría el cuerpo del chico hacia las tres de la madrugada, cosa que se cumplió al tiempo que el muchacho recuperaba la salud y la paz.
          Hacia la misma época, y en la misma localidad que el anterior caso (Luxeuil, Francia), una extraña conducta compulsiva hacía a una muchacha proferir obscenidades de manera continua. La práctica de beber agua bendecida por la inmersión de la medalla de San Benito hizo cesar de inmediato la conducta involuntaria de la joven, quien jamás volvió a  sentir la tentación de vociferar palabras soeces.
          Del mismo modo, el recurso de dar a beber agua en la cual se había sumergido la medalla de San Benito, sirvió a los campesinos de Borgoña, quienes así curaron a sus vacas a las cuales, por una enfermedad, de sus ubres salía sangre en lugar de leche.
         Similarmente, el agua que había estado en contacto con la medalla fue el elixir que salvó la vida de otro enfermo a quien la ciencia ya nada podía ofrecerle y acababa de ser desahuciado.
          Un hombre tenía llagado su brazo y la herida presentaba ya signos de infección debido a la dificultad que presentaba para su cura, pese a la variedad de medicinas con que se había intentado.    Hasta que un día, junto con éstas se le colocó sobre el vendaje una medalla benedictina y al día siguiente se notaron las primeras mejorías, hasta que en pocos días llegó la cura definitiva.

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          Cierta leyenda cuenta del castillo de Maillot, en las cercanías de Besançon, cuyos habitantes incluyendo los animales- vivían en permanente angustia por extraños ruidos y murmullos que se oían en sus habitaciones. Ese estado de miedo los llevó a abandonar el edificio.
          Así, hubo quien sugirió colgar de las paredes del castillo la milagrosa medalla de San Benito y el recurso no fue vano. El lugar recuperó su paz y armonía y así las personas pudieron volver a habitarlo con tranquilidad.
          Una aldea de Lorena venía sufriendo incendios en serie hacia 1665. Doce casas habían sido destruidas ya por el fuego sin que nadie hallara una explicación a su origen. En sus inmediaciones había una abadía benedictina y a ella acudieron en busca de socorro. Los religiosos entregaron medallas del santo recomendando colgarlas en las casas que aún no habían sufrido los siniestros y fue así como no volvió a originarse un incendio en toda la comarca.
          Un curioso fenómeno acaecía en una fábrica de loza, cuyos hornos repentinamente habían dejado de alcanzar la suficiente temperatura como para cocer convenientemente el barro. Aquí también la intercesión de la medalla de San Benito fue decisiva para que las calderas volvieran a alcanzar su potencia acostumbrada.


        Apostilla a la historia

         
La luz que convirtió un imperio

Una cruz luminosa aparecida en el cielo, sobre el puente Milvio, salvó a los cristianos de mayores persecuciones y dio una nueva religión al Imperio Romano, el más poderoso de la Tierra.

       Y a sabemos y hemos visto en otros números de Nueva Lectura, el terrible acecho y persecución que sufrieron los primeros cristianos. Confinados a ser una minoría considerada subversiva y obligados a ocultarse dentro de las fronteras del Imperio Romano, debían actuar en células y celebrar sus ritos en sótanos y catacumbas, a riesgo de sus propias vidas y de ser usados como carne circense entre fieras y gladiadores. Pero la suerte de aquellos fieles cambió definitivamente el día 28 de octubre del año 312 de nuestra era.
         Este súbito vuelco se debió a un hombre, el emperador Constantino, quien había iniciado su reinado en el 306 cuando tenía veinticinco años. Sin embargo, su título de "emperador" era casi nominal, pues el Imperio Romano hacía tiempo que era una pesadilla administrativa, prácticamente ingobernable. Únicamente a través de agobiantes impuestos y cadenas de burócratas podía el imperio reclutar al medio millón de soldados necesarios para vigilar sus vastas fronteras.            Para resolver esta cuestión, el predecesor de Constantino, Diocleciano, había fragmentado el imperio en dos partes: la oriental y la occidental, cada una con su propio "imperator" denominado Augusto, acompañado por un vicario y eventual sucesor, denominado César. Cuando Diocleciano abdicó en el 305, su César, Constancio, fue Augusto de toda la Europa Occidental. Pero por poco tiempo, pues al año siguiente Constancio murió mientras sofocaba una rebelión en Britania. Su hijo Constantino, entonces, buscó apoyo y se proclamó Augusto. Pero su derecho a lucir los  laureles de su difunto padre no fue aceptado en la capital del imperio, en Roma. Por ello debió combatir durante algunos años para validar sus pretensiones al cargo.
           Así, mientras corría el año 312 y Constantino se hallaba en la Galia, el poder en Roma caía en manos de Majencio, rival acérrimo de Constantino en el imperio Occidental. Para no permitir que Majencio actuara contra él, marchó hacia el sur y el 27 de octubre del 312 situó sus legiones  sobre el río Tíber, a unos tres kilómetros al norte de Roma. Estaba dispuesto a entrar a la ciudad y saquearla si no le eran reconocidos sus derechos.
          Sin embargo, Constantino estaba en inferioridad de condiciones, con un ejército agotado y numéricamente menor al de su rival, quien aguardaba tras las murallas de la ciudad, al otro lado del puente Milvio, que él debía cruzar. Sabía que si era derrotado, iba a ser ejecutado como  "enemigo del estado", lo que significaba ser flagelado en una cruz con forma de X, hecha de madera, hasta ser despellejado vivo y al fin morir.
          No solamente era una muerte infamante y vergonzosa, sino además de un sufrimiento indecible.

          Uno de sus lugartenientes llamó la atención del Augusto Constantino y señaló en el cielo una marca luminosa en forma de cruz, acompañada por la inscripción Hoc signo vinces (con este signo vencerás). Sorprendido y alentado, Constantino hizo que con este monograma se fabricara un estandarte de guerra y se pintara en los escudos de sus soldados. Con renovada confianza alistó a sus hombres y se lanzó al ataque.

Un hombre ganado para Cristo
que no se dejaba conquistar

          Lentamente, Constantino aumentó su participación en la liturgia cristiana, y hasta llegó a dar sermones de Pascua. Pero retrasó su bautismo hasta el final de sus días, como una profunda contradicción de su espíritu. Él, que había destruido las barreras que impedían al cristianismo expandirse por todo el mundo. No fue sino en el lecho de muerte que pidió a sus capellanes que le dieran la unción bautismal, como un reconocimiento postrero pero fiel, de la divinidad de Cristo.

          Ese mismo Jesucristo a quien Constantino declaró en el Concilio de Nicea como Homoousios. Es decir, "de la misma naturaleza" que el Padre.


          Majencio había preparado un plan de batalla que era magistral, pero por diversas causa falló y las huestes de Constantino se alzaron con una victoria que creían imposible. El propio Majencio pereció en el encuentro. Le fue cortada la cabeza y puesta en una pica, con la cual entró triunfante a las calles de Roma. Constantino tomó posesión de la metrópoli y dominaba ahora un vasto imperio desde la península ibérica hasta el mar Adriático, al este.
          Influenciado por el inexplicable fenómeno celeste, y reconociendo que provenía del Dios cristiano, el nuevo emperador declaró a la religión cristiana como lícita y de libre práctica.
          A pesar de eliminar la condena que pesaba sobre la secta cristiana, la nueva fe legalizada se incorporó lentamente en la vida pública de Roma.
          Hacia el 324 -doce años después del milagro- luego de conquistar el Imperio de Oriente, Constantino se declaró cristiano y aumentó su compromiso con el cristianismo, de muy diversas maneras.
          Primero fundó "por mandato de Dios" una nueva ciudad que rivalizaría con Roma, en el viejo emplazamiento griego de Bizancio, la llamada Constantinopla (en honor a su fundador). Declaró el domingo día de fiesta oficial y legalizó las donaciones a la Iglesia. También les dio a los cristianos una gran basílica en Roma, lo que sería la primitiva San Pedro,
sobre la cual se cimentó la actual.

          Según los historiadores que descartan una relación milagrosa en el evento del puente Milvio, los motivos de Constantino para convertirse al cristianismo fueron quizás una mezcla de decisión personal y conveniencia política. El emperador no era por naturaleza una hombre espiritual, sino más inclinado a la superstición que a la religión. En él, según los estudiosos, pesó más su temor al Dios de los cristianos, que la convicción de sus enseñanzas. Romano como era, estaba ansioso por saber cuál de todas las divinidades incluyendo las pagana, era la divus maximun (la divinidad máxima).
          Adorador del dios sol que había desbancado a Apolo en las preferencias de Constantino, a él consagraba todas su ofrendas.
          Podría suponerse que Constantino luchó en la intimidad de su mente entre el dios Sol y la figura de Jesús, el Hijo del Hombre. La fiesta del "Sol Invicto" celebrada en Roma desde el año 274, tenía fecha cada 25 de diciembre. Por ello y bajo el auspicio de su benefactor Constantino, los cristianos eligieron esta fecha, nuestra actual Navidad, como la más propicia para celebrar el nacimiento de Jesús. Fue una manera de mostrarlo como Hijo de la Virtud, representada por el Sol Invicto.

Testimonios

Testigo de
esperanza

Por monseñor Nguyen Van Thuân, predicador de los Ejercicios Espirituales para el Papa

Desde que en 1698 un antepasado suyo, ministro del rey y embajador en China, recibió el bautismo, comenzó la persecución. El rey le quitó todas sus posesiones y lo expulsó. Desde entonces su familia sufre la persecución. En 1975, Pablo VI lo nombró arzobispo de Ho Chi Minh (la antigua Saigón), pero el gobierno comunista definió su nombramiento como un complot y tres meses después lo encarceló. Durante trece años estuvo encerrado en las cárceles vietnamitas. Nueve de ellos, los pasó bajo régimen de aislamiento. Una vez liberado, fue obligado a abandonar Vietnam a donde no ha podido regresar, ni siquiera para ver a su anciana madre. Ahora es presidente del Consejo
Pontificio para la Justicia y la Paz de la Santa Sede. A pesar de tantos sufrimientos, o quizá más bien gracias a ellos, este arzobispo, François Xavier Nguyên Van Thuân, es un gran testigo de la fe, de la esperanza y del perdón cristiano.


          Durante varios días en la última cuaresma, monseñor Van Thuân predicó los ejercicios espirituales a Juan Pablo II y a sus colaboradores de la Curia romana. Y, obviamente, el tema de las meditaciones fue el de la esperanza. ³Esperanza en Dios², ³Esperanza contra toda esperanza², ³Aventura y alegría de la esperanza², ³Renovación y pueblo de la esperanza² son los títulos de algunas de las meditaciones que preparó para el Papa. No es casualidad que el libro que ha difundido en todo el mundo (traducido a once idiomas) en el que narraba sus años de cárcel llevase precisamente por título ³El camino de la esperanza².
          Una esperanza que nunca ha desfallecido en él, ni siquiera el 16 de agosto de 1975, cuando fue arrestado y transportado en la noche, a 450 kilómetros de Saigón, en la más absoluta de las soledades. Su única compañía, el rosario. En esos momentos -explica Van Thuân-, cuando todo parecía perdido, se abandonó en manos de la Providencia. A los compañeros de prisión no católicos que le preguntaban cómo podía seguir esperando, les respondía: ³He abandonado todo para seguir a Jesús".

Amar a los enemigos

          ³Un distintivo particular del amor cristiano es el amor a los enemigos, con frecuencia incomprensible para quien no cree. Un día, uno de los guardias de la cárcel me preguntó: ŒUsted, ¿nos ama?¹. Le respondí: ŒSí, os amo¹.  Œ¿Nosotros le hemos tenido encerrado tantos años y usted nos ama? No me lo creo...¹ Entonces le recordé: ŒLlevo muchos años con usted. Usted lo ha visto y sabe que es verdad¹. El guardia me preguntó: ŒCuando quede en libertad, ¿enviará a sus fieles a quemar nuestras casas o a asesinar a nuestros familiares?¹ ŒNo -le respondí- aunque queráis matarme, yo os amo¹ Œ¿Por qué?¹, insistió. ŒPorque Jesús me ha enseñado a amar a todos, también a los enemigos¹ -aclaré-. Si no lo hago no soy digno de llevar el nombre de cristiano. Jesús dijo: Œamad a vuestros enemigos y rezad por quienes os persiguen¹. ŒEs muy bello, pero difícil de entender¹², comentó al final el guardia.

         Los escribas y los fariseos se escandalizan porque Jesús perdona los pecados. Sólo Dios puede perdonar los pecados. El amor misericordioso resucita a los muertos, física y espiritualmente. Jesús siempre perdonó a todos. Perdonó cualquier pecado, por más grave que fuera. Con su perdón dio nueva vida a muchas personas hasta el punto de que se convirtieron en instrumentos de su amor misericordioso. Hizo de Pedro, quien le negó tres veces, su primer vicario en la tierra, y de Pablo, perseguidor de cristianos, apóstol de las gentes, mensajero de su misericordia, pues, como él decía, Œallí donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia¹ ².

En una celda sin ventanas

          ³Durante mi larga tribulación de nueve años de aislamiento en una celda sin ventanas -confesó el prelado-, iluminado en ocasiones con luz eléctrica durante días enteros, o a oscuras durante semanas, sentía que me sofocaba por efecto del calor, de la humedad. Estaba al borde de la locura. Yo era todavía un joven obispo con ocho años de experiencia pastoral. No podía dormir. Me atormentaba el pensamiento de tener que abandonar la diócesis, de dejar que se hundieran todas las obras que había levantado para Dios. Experimentaba una especie de revuelta en todo mi ser².

Sólo Dios

          ³Una noche, en lo profundo de mi corazón, escuché una voz que me decía: Œ¿Por qué te atormentas así? Tienes que distinguir entre Dios y las obras de Dios. Todo aquello que has hecho y querrías continuar haciendo: visitas pastorales, formación de seminaristas, religiosos, religiosas, laicos, jóvenes, construcción de escuelas, misiones para la evangelización de los no cristianos..., todo esto es una obra excelente, pero son obras de Dios, no son Dios. Si Dios quiere que tú dejes todas estas obras poniéndote en sus manos, hazlo inmediatamente y ten confianza en Él. Él confiará tus obras a otros, que son mucho más capaces que tú. Tú has escogido a Dios, y no sus obras¹ ³.

          ³Esta luz me dio una nueva fuerza, que ha cambiado totalmente mi manera de pensar -continuó explicando el arzobispo vietnamita- y me ha ayudado a superar momentos que físicamente parecían imposibles de soportar. Desde aquel momento, una nueva paz llenó mi corazón y me acompañó durante trece años de prisión. Sentía la debilidad humana, pero renovaba esta decisión frente a las situaciones difíciles, y nunca me faltó la paz. Escoger a Dios y no las obras de Dios. Este es el fundamento de la vida cristiana, en todo tiempo².
          De este modo, añadió el predicador de los Ejercicios Espirituales, ³comprendo que mi vida es una sucesión de decisiones, en todo momento, entre Dios y las obras de Dios. Una decisión siempre nueva que se convierte en conversión. La tentación del pueblo de Dios siempre consistió en no fiarse totalmente de Dios y tratar de buscar apoyos y seguridad en otro sitio. Esta es la experiencia que sufrieron personajes tan gloriosos como Moisés, David, Salomón...²
          Según el arzobispo vietnamita ³esta fue la gran experiencia de los patriarcas, de los profetas, de los primeros cristianos, evocada en el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos en la que aparece en dieciocho ocasiones la expresión Œpor la fe¹ y una vez la expresión Œcon la fe¹ ³. Esta es también la clave de lectura que permite comprender la vida de tantos hombres y mujeres que en estos dos mil años de cristianismo han dado su vida hasta el martirio. Entre todos estos ejemplos, destacó el de María, mujer ³que optó por Dios, abandonando sus proyectos, sin comprender plenamente el misterio que estaba teniendo lugar en su cuerpo y en su destino².


Respuesta al mundo de hoy

          ³Escoger a Dios y no las obras de Dios: ésta es la respuesta más auténtica al mundo de hoy -concluyó monseñor Van Thuân-, el camino para que se realicen los designios del Padre en nosotros, en la Iglesia, en la humanidad de nuestro tiempo. Es posible que quienes optan por Dios tengan que pasar por tribulaciones, pero aceptan perder los bienes con alegría, pues saben que poseen bienes mejores, que nadie les podrá quitar².

El secreto de la santidad

          ³Después de que me arrestaran en agosto de 1975 -confesó-dos policías me llevaron en la noche de Saigón hasta Nhatrang, un viaje de 450 kilómetros. Comenzó entonces mi vida de encarcelado, sin horarios. Sin noches ni días.
En nuestra tierra hay un refrán que dice: ŒUn día de prisión vale por mil otoños de libertad¹. Yo mismo pude experimentarlo. En la cárcel todos esperan la liberación, cada día, cada minuto. Me venían a la mente sentimientos confusos: tristeza, miedo, tensión. Mi corazón se sentía lacerado por la lejanía de mi pueblo. En la oscuridad de la noche, en medio de ese océano de ansiedad, de pesadilla, poco a poco me fui despertando: ŒTengo que afrontar la realidad. Estoy en la cárcel. ¿No es acaso este el mejor momento para hacer algo realmente grande? ¿Cuántas veces en mi vida volveré a vivir una ocasión como ésta? Lo único seguro en la vida es la muerte. Por tanto, tengo que aprovechar las ocasiones que se me presentan cada día para cumplir acciones ordinarias de manera extraordinaria¹³.
          ³En las largas noches de prisión -continúa revelando quien entonces era arzobispo de Saigón- me convencí de que vivir el momento presente es el camino más sencillo y seguro para alcanzar la santidad. Esta convicción me sugirió una oración: "Jesús, yo no esperaré, quiero vivir el momento presente llenándolo de amor. La línea recta está hecha de millones de pequeños puntos unidos unos a otros. También mi vida está hecha de millones de segundos y de minutos unidos entre sí. Si vivo cada segundo la línea será recta. Si vivo con perfección cada minuto la vida será santa. El camino de la esperanza está empedrado con pequeños momentos de esperanza. La vida de la esperanza está hecha de breves minutos de esperanza. Como tú Jesús, quien has hecho siempre lo que le agrada a tu Padre. En cada minuto quiero decirte: Jesús, te amo, mi verdad es siempre una nueva y eterna alianza contigo. Cada minuto quiero cantar con toda la Iglesia: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo...²


Mensajes escritos
en un calendario


         ³En los meses sucesivos, cuando me tenían encerrado en el pueblo de Cay Vong, -continuó explicando Van Thuân-, bajo el control continuo de la policía, día y noche, había un pensamiento que me obsesionaba: Œ¡El pueblo al que tanto quiero, mi pueblo, se ha quedado como un rebaño sin pastor! ¿Cómo puedo entrar en contacto con mi pueblo, precisamente en este momento en el que tienen tanta necesidad de un pastor?¹ Las librerías católicas habían sido confiscadas; las escuelas cerradas; los maestros, las religiosas, los religiosos desperdigados; algunos habían sido mandados a trabajar a los campos de arroz, otros se encontraban en las Œregiones de nueva economía¹ en las aldeas. La separación era un Œshock¹ que destruía mi corazón².

         ³Yo no voy a esperar -me dije-. Viviré el momento presente, llenándolo de amor. Pero, ¿cómo?² Una noche lo comprendí: "François, es muy sencillo, haz como san Pablo cuando estaba en la cárcel: escribe cartas a las comunidades". Al día siguiente, en octubre de 1975, con un gesto pude y llamar a un niño de cinco años, que se llamaba Quang, era cristiano. ³Dile a tu madre que me compre calendarios viejos². Ese mismo día, por la noche, en la oscuridad, Quang me trajo los calendarios y todas las noches de octubre y de noviembre de 1975 escribí a mi pueblo mi mensaje desde el cautiverio. Todas las mañanas, el niño venía para recoger las hojas y se las llevaba a su casa. Sus hermanos y hermanas copiaban los mensajes. Así se escribió el libro "El camino de la esperanza", que ahora ha sido publicado en once idiomas².
         Monseñor Van Thuân no lo dijo, sus pensamientos pasaron de mano en mano entre los vietnamitas. Eran trozos de papel que salieron del país con los ³boat people² que huían de la dictadura comunista.

El camino hacia
la santidad


         ³Cuando salí recibí una carta de la Madre Teresa de Calcuta con estas palabras -recuerda el predicador de los Ejercicios del Papa-: ŒLo que cuenta no es la cantidad de nuestras acciones, sino la intensidad del amor que ponemos en cada una¹. Aquella experiencia reforzó en mi interior la idea de que tenemos que vivir cada día, cada minuto de nuestra vida como si fuera el último; dejar todo lo que es accesorio; concentrarnos sólo en lo esencial.
Cada palabra, cada gesto, cada llamada por teléfono, cada decisión, tienen que ser el momento más bello de nuestra vida. Hay que amar a todos, hay que sonreír a todos sin perder un solo segundo².

         ³La primera vez que tuve que defenderme en un tribunal nadie estuvo a mi lado. Todos me abandonaron. Pero el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerza, de modo que también en aquella ocasión pude anunciar su mensaje² Con esta cita de san Pablo, monseñor François Xavier Nguyên Van Thuân, el hombre que dirigió las reflexiones de Juan Pablo II y de sus colaboradores en esa semana dedicada particularmente a la oración, en la que el pontífice canceló sus citas públicas, desarrolló una reflexión sobre las palabras más difíciles de comprender de Jesús: ³¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?²
          El arzobispo confiesa que la experiencia de abandono descrita por san Pablo refleja muy bien las pruebas que él tuvo que soportar en sus trece años de cárcel en Vietnam. ³En varias ocasiones me sentí abandonado -dice Van Thuân-, especialmente cuando en la noche del 1 de diciembre de 1975 me encadenaron junto a otra persona y nos llevaron con otros prisioneros, todos de pie, de la prisión al barco en el que más tarde nos embarcarían para llevarnos al norte de Vietnam, a 1.700 kilómetros de mi diócesis. Sentí un gran sufrimiento pastoral, pero puedo atestiguar que el Padre no me abandonó y me dio la fuerza².

         ³Quizá todos nosotros, en varias ocasiones, hemos vivido o vivimos momentos semejantes de abandono -continuó diciendo el predicador del Papa-. Nos sentimos abandonados cuando nos inunda la soledad o el sentido de fracaso; cuando sentimos el peso de nuestra humanidad y nuestros pecados. Nos sentimos abandonados cuando incomprensiones e infidelidades perturban nuestras relaciones fraternas; cuando nos parece que la situación de desorientación o de desesperación en que se encuentran algunos no tiene salida; cuando estamos en contacto con los sufrimientos de la Iglesia y de pueblos enteros... Son pequeñas o grandes Œnoches del alma¹ que oscurecen en nosotros la certeza de la presencia de Dios cercano, que da sentido a toda nuestra vida. En esos momentos, incluso la alegría y el amor parecen apagarse². Según Van Thuân, en esos momentos, es cuando mejor se puede comprender el ³misterio de la cruz².
        La Eucaristía cambió la vida en el campo de concentración

"¿Podré celebrar la Eucaristía?"

          El prelado explicó que, dado que al ser detenido no le permitieron llevarse ninguno de sus objetos personales, al día siguiente le permitieron escribir a su familia para pedir bienes de primera necesidad: ropa, pasta dental, etc. ³Por favor, enviadme algo de vino, como medicina para el dolor de stómago². Los fieles entendieron muy bien lo que quería y le mandaron una botella pequeña de vino con una etiqueta en la que decía: ³Medicina para el dolor de estómago². Entre la ropa escondieron también algunas hostias. La policía le preguntó: ³¿Le duele el estómago?² ³Sí², respondió monseñor Van Thuân, quien entonces era arzobispo de Saigón. ³Aquí tiene su medicina².

          ³No podré expresar nunca mi alegría: celebré cada día la Misa con tres gotas de vino y una de agua en la palma de la mano. Cada día pude arrodillarme ante la Cruz con Jesús, beber con El su cáliz más amargo. Cada día, al recitar la consagración, confirmé con todo mi corazón y con toda mi alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, a través de su sangre mezclada con la mía. Fueron las Misas más bellas de mi vida².
          Más tarde, cuando lo internaron en un campo de reeducación, al arzobispo lo metieron en un grupo de cincuenta detenidos. Dormían en una cama común. Cada uno tenía derecho a cincuenta centímetros. ³Nos las arreglamos para que a mi lado estuvieran cinco católicos -cuenta-. A las 21,30 se apagaban las luces y todos tenían que dormir. En la cama, yo celebraba la Misa de memoria y distribuía la comunión pasando la mano por debajo del mosquitero. Hacíamos sobres con papel de cigarro para conservar el Santísimo Sacramento. Llevaba siempre a Cristo Eucaristía en el bolso de la camisa².
          Dado que todas las semanas tenía lugar una sesión de adoctrinamiento en la que participaban todos los grupos de cincuenta personas que componían el campo de reeducación, el arzobispo aprovechaba los momentos de pausa para pasar con la ayuda de sus compañeros católicos la Eucaristía a los otros cuatro grupos de prisioneros. ³Todos sabían que Jesús estaba entre ellos, y El cura todos los sufrimientos físicos y mentales. De noche, los prisioneros se turnaban en momentos de adoración; Jesús Eucaristía ayuda de manera inimaginable con su presencia silenciosa: muchos cristianos volvieron a creer con entusiasmo; su testimonio de servicio y de amor tuvo un impacto cada vez mayor en los demás prisioneros; incluso algunos budistas y no cristianos abrazaron la fe. La fuerza de Jesús es irresistible. La obscuridad de la cárcel se convirtió en luz pascual².
          Para el predicador de los Ejercicios Espirituales del Papa ³Jesús comenzó una revolución en la cruz. La revolución de la civilización del amor tiene que comenzar en la Eucaristía y desde aquí tiene que ser impulsada².

          ³Concluyo con un sueño -dijo monseñor Van Thuân-: en él la Curia romana es como una gran hostia, en el seno de la Iglesia, que es como un gran Cenáculo. Todos nosotros somos como granos de trigo que se dejan moler por las exigencias de la comunión para formar un solo cuerpo, plenamente solidarios y plenamente entregados, como pan de vida para el mundo, como signo de esperanza para la humanidad. Un solo pan y un solo cuerpo².

La fuerza de Dios

          ³David es la figura de la Iglesia de hoy -subrayó monseñor Van Thuân-. En muchas situaciones, estamos en minoría en cuanto a números, fuerzas, posibilidades y medios. Pero, al igual que David, seguimos adelante en nombre de Dios. En la historia, la Iglesia, tanto en su dimensión universal como local, ha sido una minoría ante el imperio romano y ante las invasiones de los bárbaros. Quedó debilitada por las divisiones internas en la era moderna, así como por la revolución francesa. En el siglo que termina ha sufrido las prepotencias del nazismo, del comunismo y ahora del consumismo. Pero ante los Goliat de todas las épocas, el Señor ha mandado a muchos David inermes: santos, papas, mártires².
          Para dar actualidad a sus palabras puso el ejemplo de las primeras palabras del pontificado de Juan Pablo II: ³¡No tengáis miedo!². Su emblema ha sido la Cruz ³esperanza única² y María: ³vida, dulzura y esperanza nuestra². Este
Papa afirmó: ³El comunismo es sólo un paréntesis en la historia². Monseñor Van Thuân recordó que ³Muchos se burlaron de él. Pensaron que no era realista. Decían que el mapamundi ya era de color rojo. Pero el comunismo en
Europa del Este cayó y la Iglesia está cruzando el umbral del tercer milenio².
          El prelado concluyó con una exhortación: ³Por eso, hermanos, ¡No tengáis miedo! Sigamos en nombre de Dios y caerán los muros del nuevo Jericó².




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